Ortocen Clínica del Pie

tiahuanaco¡Enrique!, ¡Enrique!. Desperté escuchando a alguien que gritaba el nombre de mi hermano Enrique.

De seguido, oí pasos que ascendían por la vieja y escandalosa escalera de nuestra casa en Patones.

De un salto me puse en pié, me sabía desnudo y en alerta, pues la voz no era reconocible. Continuaba la lenta ascensión acompañada del crujido de la vieja escalera, mil veces barnizada por Luis.

En el descansillo de la escalera pude parar al extraño, y a mi pregunta respondió estar buscando a Enrique, quizás parezca cómica la situación… El personaje se presentó como un amigo de Enrique a quien él acababa de invitar dentro de la casa. Se asustó, pidió perdón y desapareció escaleras abajo.

Al momento de haber “tragado” la sorpresa, me vestí con unas mallas de atletismo largas y negras. Mientras lo hacía, pude recordar que se esperaba mi asistencia tocado de bruno atuendo.

De seguida asistiría al “Solsticio de Verano”. Zigzagueando por las esquinas de la casa, me dí de bruces con un sujeto vestido de sombra, quien desde lo más profundo de su capucha monacal de clausura medieval y voz afectada, me indicaba el camino hacia el “baptisterio”, donde se me aguarda. Descubrí escondido bajo aquella torturada voz a mi hermano Enrique, a pesar de lo exiguo del monólogo que hubiera esbozado para la ocasión. Abriome la puerta de viejísima madera a través de otra del mismo material, semejante a las de acceso en las iglesias antiguas; y fruto, quizás, de alguna pillería.

Me indicó mi asiento, conté siete sombras mientras me acomodaba al fondo de la penumbra. La estancia oscura sólo se iluminaba tenuemente por un ventano al fondo, y en altura.

Alguna especie de sacerdotisa en sombrío, creo, danzaba y contorsionaba su esbelto cuerpo zaino al compás de un violín, quien desde algún lugar tras la penumbra, animaba la escena con misterio, y añadía perplejidades a la ocasión.

Sentado contra la pared revestida de tela gruesa, en tercera fila de la exigua platea, adiviné cinco cuerpos oscuros observando silentes a la danzarina en la ejecución de su plástica obra. El violín era la única y poderosa fuerza junto a mi inquietud.

Un hálito divino comenzaba a empujar el rayo en la estancia, e impactaba contra el suelo oscuro, frente a los atónitos ojos de los invitados; la mujer, sacerdotisa, contorsionaba su cuerpo delgado ante el hilo luminoso, tenue aún, mas prometedor.

A medida que la luz adquiriese forma en la nada, e impactaba contra el suelo negro, aparecían ante los incrédulos ojos de todos, luminiscentes haces resultado de la reflexión que en el mismo instante nos procuraba la maestra interponiendo vidrios tallados y alineándolos en el camino luminoso del triunfo.

La luz continuaba invadiendo la estancia, tornasolando lo que en su camino se interpusiese , y así los cristales que la pitonisa ofrecía al astro, refulgían alborozados. Diría uno que la sensual bailarina hubiere emergido de la luz naciente.

El violín se empeñaba en su paseo por mis oídos, por mi frente agotada, por la retina complacida… Quizás una hora, o más, no quería yo que acabase el espectáculo, que en sus postrimerías se engalanaba, más si cupiese, con incienso, cuyo aroma y jugueteo de la impronta visual, me inundaba en el ya poderoso haz de luz cautivadora.

Sin embargo, la grieta en la pared por la que se deslizase el otrora delicado y finísimo haz, había ya multiplicado la fuerza en una magna evidencia del Poder Solar, que insistía en demostrarme lo “canijo” que soy, lo vulnerable y enclenque que soy.

Inagotable violín, pulcro, contundente; bello y embriagador espectáculo que comienzo a extrañar.