Ortocen Clínica del Pie

senda genaro 1El viernes me propuse lo siguiente: Cuando salga de Ortocen, voy a acercarme a una tienda de deportes por agenciarme una mochilita con la que hacer la Senda del Genaro mañana. Me aburro de buscar un mapa en el Internet, así que lo haré sin su ayuda. Total, es un día caminando y no creo que me falte fuerza o arrojo para ello (la inconsciencia la llevo conmigo...); mis pastillas, una gorra, una mochilita, gafas, crema de sol, agua, azúcar, bocata y barritas; móvil cargado y camino. Cuaderno y lápiz, también. Siempre ha estado ahí, y sin embargo nunca pensé en hacerlo. Sí, he corrido muchos maratones, pero eso pertenece a mi vida anterior.

Se espera un día soleado, que al comienzo de Julio no te garanticen calor, es un consuelo.

A las 7:30 me puse en ruta. Se presentaba ante mi imaginación, un recorrido en anillo alrededor del pantano de El Atazar, caminando al contrario de las manillas del reloj. De salida, me acerco al Cancho de la Cabeza a 1264 m de altitud. Desde allí, una bajada suave camino del desayuno en el pueblo de El Atazar que se vislumbra al fondo del magnífico escenario, el agua domina la imagen y cuesta encontrar señales humanas.

En la bajada desde la cresta del recorrido, me encuentro un pueblito abandonado donde vivieran los trabajadores de la presa tiempo atrás. En este poblado al que me lleva el camino sale a recibirme una ardilla saltarina que surca los tejados de los cobertizos alineados y que los recorre con sus alegres saltos al tiempo que yo camino, al minuto, decide trepar por un pino y esconderse de mi presencia. Más abajo, dos hombres sentados sobre un poyete, interrumpen su conversación para saludarme con cordialidad. Allí quedan enganchados a sus pitillos. Continuo mi camino, fresco lugar donde el sol aún acaricia mi piel. Aquí, a mi lado, un chopo hace sonar sus grandes hojas para gozo de mis oídos. Gorda es la hormiga que surca mi muslo velloso y que se habrá apuntado a la excursión mientras escribía ésta nota.

senda genaro 210:45. Llego al desayuno en la plazuela de El Atazar, que está llena de mesas con sombrillas chillonas propagandísticas, también hay nueve moteros que se reparten junto a sus máquinas. Al poco continúo el camino, paraje desolado en altura y adornado por un apagado verdor de la jara. Falta lluvia. Ahí en frente una encina extrañada me cobija mientras unto mi piel por evitar el castigo de Lorenzo, quien, a lo taurino, "apunta maneras" y yo huyo de que me churrusque.

Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.

¿Cómo es que mientras surco este mar de jaras recuerdo a Espronceda?

Continúo el camino, continúo las elucubraciones, me alegran cada día que pasa, pues pasan y yo soy parte de ello. Mi curiosidad aumenta con el tiempo. Ya descansa mi vista en las laderas del camino, una sombra cruza rauda la vía, grande es la negrura que asciende por la otra vertiente en un instante. Me pasma la sorpresa, ¿como es que haya coincidido mi paso con el cruce ? Casi al unísono, escucho un avión que alza el vuelo y recuerdo que estamos cerca de la pista de Barajas. Echo de menos a mi hermano piloto que se ha ido a Asia a trabajar.

Cruzo un arroyo, de los que aguan al embalse, umbrío lugar merecedor de una foto para ti.

senda genaro 3Hago el camino sobre un firme asfaltado con maldad y preciosistamente destruido con el frío y el sol donde se aprecian sus innumerables reparaciones, todas escasas.

Llego a Robledillo de la Jara, zumito, y torreznos de regalo. Estoy ya al otro lado del embalse, tengo caminada la mitad de la excursión. Comienza la vuelta a casa.

A mediados del siglo XIX Rafo y Ribera sugirieron traer agua del río Lozoya debido al insuficiente aporte del Jarama. Para acometer la derivación, se eligió el Pontón de la Oliva como el más favorable para situar la presa. Las aguas del Lozoya llegan a Madrid el 24 de junio de 1858.

16:42 El Berrueco. Larguísima pista forestal entre encinas capaz de aburrir a cualquiera, menos si fuiste maratoniano y por ello capaz de hacerle una historia a cada encina, valla, piedra granítica o camino. A mi izquierda se adivina el agua fresca del pantano, incluso se vislumbra de cuando en cuando, algún barquito velero de aprendizaje y kayaks de esos tan en boga. El camino ha estado siempre acompañado por los "genaros", muñequitos azules pintados en infinidad de piedras por indicar el camino al paseante. Aprovecho para decir que el recorrido está balizado a la perfección con las trazas rojiblancas del GR300.

Nadie. Al final, tras dos horas de soledad alegrada por mis pisadas, aparece El Berrueco, compro agua, bebo zumo y a seguir. Adivino un máximo de tres horas aún por hacer en una zona ya pateada por mis pies en otras ocasiones. A las siete de la tarde completo la andanza en Patones. Ducha, merienda y a escribirte.