Ortocen Clínica del Pie

Cuando mi mujer y yo empezamos a vivir en aquel minúsculo apartamento sobre una vía rápida urbana de Madrid, parecía que comenzaba el viaje de nuestra vida, todo por crear, todo por alcanzar, por descubrir, por andar. Al poco nos mudamos a Tres Cantos donde vino Eva. Con el tiempo y Rocío ya a cuestas, llegamos a Colmenar Viejo. Un casa gigantesca con jardín, y la garantía de que nos acompañaría Toothpick.  Aquello lo pagué a tocateja, ¡qué tiempos! Ya va para los 20 años desde la tortuosa llegada de Lucía. Menudos momentos, ahí tenía ya problemas, pequeños pero aún era capaz de sobrellevarles.  Ya han pasado dos años desde que me diera “boleto”.

Al empezar de nuevo (otra vez), comencé a pensar en todos los errores que he cometido y los éxitos que he tenido. Créeme, he hecho mi porcentaje de errores y tuve mi parte en algunas derrotas aplastantes. Con la ayuda de mi familia, he sido capaz de pasar a través de tiempos difíciles y también he compartido con ellas, un cierto grado de mis éxitos en los últimos años así.

Algunas de las lecciones que he aprendido con los años fueron difíciles de asimilar en el tiempo, pero ahora me doy cuenta de que eran necesarias para mi crecimiento, tanto profesional como personal. ¿Cuál es el viejo proverbio? La experiencia es la más severa entre los maestros, ella nos presenta, en primer lugar la prueba, y por último, la lección. Trato de aprender algo nuevo cada día y felizmente, estoy en un lugar donde hay mucho que aprender. Yo te escucho, amigo, aunque pueda parecerte que no lo haga.  Te lo prometo.

A pesar de lo antedicho, hay algunas cosas que he aprendido que me gustaría compartir. Quizás sean universales, independientemente de lo que haces para ganarte la vida y lo que eres como persona. 

"Sé amable, hasta que llegue el momento de dejar de serlo".

Piensa en eso por un momento. Mis padres me inculcaron la importancia de ser respetuoso y cortés, pero a veces “se me ha pasado el arroz” para cualquiera de esas cosas. Para algunos, es demasiado pronto. Para otros, es tarde. En última instancia, habrá un momento en que no puedas ser agradable. Hay una manera de hacerlo, así como de elegir el momento con sabiduría.  Si has sido capaz de manejarte correctamente, es posible que hayas obtenido un impacto duradero y no "que hayas quemado las naves", como hiciese Hernán Cortés durante la Conquista de Méjico.

No me tengo por un ingenuo como para siquiera pensar que todo el mundo me quiera. Eso simplemente no ocurre. Dicho esto, me gustaría pensar que no estoy por encima de cualquiera o por debajo de nadie, a este respecto. Cuando trabajo con colegas, insisto en que me tuteen.  Siempre me viene a la cabeza el Dr. Brown, exigiendo a sus interlocutores en nuestros congresos nacionales, bajo la jefatura de Juanjo Araolaza o de Andrés Rueda, que se presentasen ante la sala como Dr “Fulano”  y no como Señor “Fulano”. Hago esto porque somos colegas y yo siento que todavía puedo aprender de ellos, que siempre alguien puede sorprenderme con un asunto en el que nunca haya pensado. Yo los respeto y espero que después de trabajar con ellos, lleguen a respetarme. Trato de que mi trabajo y mi peculiar carácter hablen por sí mismos, y espero que ellos, salgan de mi lado con una impresión positiva y de calado.

Por supuesto, no se puede hacer a todos felices. Tratar de hacerlo sería una tortura y puede consumirte. No me entiendas mal tampoco. Tengo un “ego” como todos, quizás mayor. He aprendido a bajar un poco (los niños te enseñan a eso, creo), pero he aprendido mucho sobre cómo manejarme frente a los demás, a este respecto. Investigar en el ego de alguien es un asunto complejo. En general, es muy fácil leer un gran ego y, sobre todo si esa gente tiene un poder real o percibido sobre ti, en este entorno, sé muy cauto.  Además, no olvides que cuanto más difícil te resulte la lectura de ese ego, más cuidadoso habrás de ser.

Nací en una familia mitad local y mitad inmigrante. Pero eso sí, mi padre fue un podólogo de raza, uno de los que estuvo siempre al lado de quienes exponían su físico ante las autoridades. Estudió en Inglaterra, allí había conocido a un colega enfermero que cortaba callos en el mismo hospital dónde Luis trabajaba de enfermero “limpiando culos”, como él lo llamaba.

A su vuelta a Madrid, buscó quién quisiera mejorar sus destrezas incipientes y se reunión, en la Agrupación de Podólogos que lideraba Leonardo Escach, a los que querían compartir las inquietudes del pie.  Para sorpresa de todos, se enroló para dirigir a un grupito que iría a una escuela de Podología en Pennsilvania. Conoció a Albert Brown, DPM, y desde ahí, atrajo mediante su entusiasmo por aprender al mismo Dr. Brown, y después a OT New, otro genio de la cirugía ambulatoria del pie. 

A la sombra del nuestro, de Luis Aycart, ambos presentaron sucesivas comunicaciones para los podólogos españoles que produjeron la ebullición de los deseosos podólogos españoles ávidos de aprender. Yo he estado imbricado en éste engranaje desde casi su comienzo, tuve el privilegio de traducirles las conferencias en tiempos en que no se podía afrontar la versión simultánea profesional. Aunque vuelva a morirme, jamás olvidaré en el congreso de Alicante de 1980, a Leonardo bajando como un basilisco hacia Luis y gritando “Eso no se puede hacer Luis, eso no se puede hacer:..” (El basilisco, en la mitología griega era una pequeña serpiente venenosa y letal, que podía matar con una simple mirada, y era considerada la reina de las serpientes) Nunca volví a ver a Albert Brown, tan azorado. (Por cierto, aprovecho estas líneas para enviarle mi reconocimiento y mi amor fraterno)

Muchos ya sabemos dónde nos encontramos ahora, todos sabemos dónde estamos. Apenas se recuerda a quienes nos auparon hasta aquí, si no es por denostarlos. Hay numerosos profesores universitarios creando cuerpo de doctrina. El mundo de la Podología apenas se reconoce, ni se quiere reconocer.

A todos vosotros, a partir de la práctica de este año, os deseo la mejor de las suertes. Deseo que sea todo lo que esperáis. Además, recordad, no hay luz al final del túnel. Si piensas que lo ves, asegúrate,  habrá otro túnel después. Lo importante es que el tren siga avanzando. A veces, si crees que está frenando o se detiene todo al mismo tiempo, puede que te encuentres ante una difícil decisión. Confío en que aciertes esta vez.  Te espero en el último vagón.

Treinta años no es gran cosa, tengo muchas por hacer en nuestro oficio, ahora somos más, y sin embargo, los veteranos como el adorado Evaristo Rodríguez, continúan en la brecha, haciéndonos respirar oficio, como en los viejos tiempos hicieran hace ya mis treinta años de podólogo.

A tus piés.