Ortocen Clínica del Pie

pita en gataAl borde de mi toalla despierto percibiendo el susurro de olas lejanas cuando se humillan ante la arena, el calor sobre mi espalda denuncia la presencia del sol durante ya suficiente tiempo, quizás lo urdiese por alertarme.

Mi mano surca la toalla cárdena y estampada, y se topa con algún bulto que presto, exige mi atención. Sin levantar el pecho, el brazo escudriña la arena hasta que su apéndice “digitalizado” descubre un volumen curioso. Un bulto tan atractivo que hace que mi cuerpo esboce un respingo por lograr la atención de todo el torso, el cuello y la cabeza.

Del suelo arenoso emerge un paquete, que parece de piel o plástico oscuro. Mis ojos se desorbitan. ¡Un tesoro arenoso!

Me incorporo, sin prisa mas sin pausa, oteo el horizonte identificando sólo a una mamá que se entretiene con dos niños y una pelota multicolor.

Aquí detrás, el final arenoso de una colina surcada por pitas y algún otro vegetal carnoso que no se deja identificar.

Todo solitario hasta la orilla donde se apresta a desaparecer el sol cansino que nos despide.

Apenas lo abro aparece una cartera con algunos billetes tostados doblados por medio, tres, cuatro, seis, parece un bonito número que aumenta con otro montoncito emergente detrás. En el interior del fajo, nuevos varios de menos valor, aunque numerosos.

Cierro el paquete y vuelvo a otear la zona. Nadie azora el panorama. Me siento nerviosos, no recuerdo acontecimiento parecido, mis yemas buscan documentos pero nadie acompaña al tesoro. Resulta una absorbente sensación la que siento.

En estas que me volteo, mi pié sale del aprisionamiento bajo la pierna vecina, y me giro.

Abro los ojos, ¡ahí me encuentro!, sobre mi sereno tálamo de Patones, siento el agrado de la digestión ya transcurrida, ni frío ni calor, mi cuerpo cansado y mi cabeza malherida.

¡Buenas tardes tengas!

“Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo;
nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos,
o lo entendemos pero es intraducible como una música…”

Jorge Luis Borges: El fin, 1956