Ortocen Clínica del Pie

diada 2012La supuesta naturalidad de la secesión es tema recurrente entre los independentistas. El recurso de los políticos del día al eufemismo es un signo de que impera la política como manipulación: a la cadena perpetua se le llama nosequé revisable; al independentismo, soberanismo; a la confederación, federalismo asimétrico; al Estado catalán, Estado propio; a la puesta en marcha de la independencia, “transición democrática”; a la autodeterminación, “derecho a decidir”. La palabra “independencia” no se usa. El asunto es de gravedad extrema, ya que si algo demanda un proceso de secesión que respete las reglas democráticas es precisamente claridad, que todos sepan qué se propone el secesionista, sobre qué fundamentos asienta su propósito y en qué modos piensa resolver los contenciosos que pudieran surgir en el curso de la separación.

Si “un pueblo” quiere ser independiente, ahora Cataluña, todo demócrata debe apoyarlo. ¿Qué hay de malo en ello? (palabra de Ibarretxe). Para empezar, ha de subrayarse la excepcionalidad de tal hecho. Ni la ONU ni la declaración de Derechos Humanos amparan el derecho de autodeterminación, salvo para situaciones coloniales. En el mundo democrático, solo existe el antecedente de Quebec, la excepción que confirma la regla, y no lo es precisamente de ejercicio de la democracia, ya que consiste en que los independentistas, que andan ahora por el 30%, lo planteen una y otra vez. “Si no sale, lo volveremos a intentar”, explicaba una independentista en TV-3. Con semejante procedimiento, el Girona puede arrebatarle el título al Barça. Hay autodeterminaciones recientes, caso de Kosovo, pero ni Serbia ni Yugoslavia eran marcos democráticos. La secesión era emancipación. Estos requisitos faltan en los casos catalán y vasco. Forman parte de una estructura estatal democrática, que además prevé la reforma constitucional, lógicamente difícil, como requiere el problema, pero que si se sustenta en una mayoría estable y cualificada tendrá el respaldo suficiente fuera de Cataluña para que el objetivo resulte alcanzado.

En suma, de “natural” lo que está ocurriendo no tiene nada: una ciudadanía que durante décadas, en elecciones estrictamente democráticas, vota en sentido autonomista, experimenta por causas conocidas una radicalización. El 20% se ha convertido en 50%. Por cierto, que quienes siguen rechazándola desde la sociedad no cuentan, ni tienen voz pública. La Cataluña de Mas es un bloque político con solo un objetivo el “Estado propio”. Los procedimientos democráticos, son válidos solo si atienden a la finalidad perseguida. La Constitución, un obstáculo por ignorar. Secesión, sedición. Mas sabe que con un 51% en sondeos, pierde. No trata de atender la demanda de la sociedad catalana, sino del “pueblo catalán”, de aquellos que comparten su objetivo. Se trata, por tanto, de ir manipulando la opinión a favor del efecto-mayoría.

A partir de un blanco y negro elemental en la exposición de motivos, se sabía que iba a la independencia, aunque propusiese autodeterminación, más aceptable. Cada paso prepara el siguiente, de acuerdo con su idea de que la voz de la calle, el 11-S, determine la voz de las urnas. Desde el principio, cuando Mas pensó en imitar la senda de Quebec en los noventa, la democracia queda sepultada bajo una demagogia premeditada, porque democracia es procedimiento, no subordinación a un fin.

En tales circunstancias, lo menos que cabe exigir es comprobar la permanencia de ese nuevo “sentimiento” político, mediante elecciones en condiciones normales, sin referéndums encubiertos tipo Gibraltar, y respetando al Estado constitucional vigente. Todo es revisable, la Constitución es revisable, pero antes de ello, podemos exigir su cumplimiento. La manifestación de la Diada impone su ley, arrastrando literalmente a los catalanes a aceptar el “decisionismo” de Mas. Un proceso cuyos antecedentes en la historia europea no son precisamente democráticos.

La secesión no es algo normal y necesariamente tiene efectos traumáticos, incluso para Europa, cuya fragmentación —Cataluña, Euskadi, Padania, Escocia, Flandes— supone una catástrofe. Además, España no es Yugoslavia. Tres siglos de vinculación y multitud de intereses comunes debieran contar. A pesar de los efectos de una siembra de odio, entre la extrema derecha centralista y el catalanismo, que ya pudo ser apreciada en la historia interminable del Estatut. El menosprecio de España forma parte de la tradición catalanista, desde sus primeras manifestaciones, como Lo catalanisme de Valentí Almirall. Y la “transición nacional” no disminuirá la xenofobia, ni el carácter ultraconservador de CiU. 

Sonríe con el vídeo de MAS abajo, amable lector, TV-3 te ayuda a ello. Total, dentro de cien años, todos…(¿independientes?).