Ortocen Clínica del Pie

amigas en patonesExisten personas a las cuales les cuesta muchísimo llevarse bien con el resto de la gente. Esto, en gran parte, por su poca capacidad de tolerancia y también por estar siempre presto a discutir o cotillear, entre otras cosas.

El hablar de más suele traer problemas y herir susceptibilidades, por lo cual, para llevarse bien con las personas hacen falta ajustar algunas cuestiones. “Mi mejor palabra está por ser dicha”, esto me respondía una amiga ya fallecida hace tiempo a quien yo acosaba en busca de su opinión, sobre lo que a mi se me ocurriese mientras atendía a sus pies. Se trataba de una paciente de mucho tiempo quien tenía una conversación tan edificante que siempre me dejaba hambriento. Los plazos eran los que había, y la riqueza de su verbo me dejaba huérfano al borde de cada visita.

No es nada fácil llevarse bien con la gente. Tampoco es totalmente necesario que te lleves bien con todo el mundo. Uno no puede ser amigo de Dios y del diablo. Pero sí está muy bien que te trates acordemente con la gente que te rodea en tu vida cotidiana. Y para eso no hay nada mejor que hablar cuando es necesario y callar cuando haga falta. Dicho así… ¡qué fácil resulta! Cuantas veces me he visto “hablando de más”, opinando sobre asuntos donde otro era docto y yo lo siguiente a un lego. Parecía que por la cordialidad del señalado, por la sencillez de sus maneras, por lo evidente del mensaje, cualquiera tendría opinión capaz de ilustrar lo comentado. Y claro, tenía yo que opinar, engrandecer, enfatizar y concluir. El sabio, además de ello, suele ser prudente, quizás el conocimiento les haga dar pasos lentos en vez de llevarse por la vehemencia.

Mi abuela decía que “en boca cerrada no entran moscas”, en su presencia, yo aprovechaba para atisbar alguna y seguir su ruta, estudiaba las paradas, y veía como la mosca no se acercaba a las caras de los comensales, preferían otros destinos y no iban hacia boca alguna. Nada concluía yo.

Si me encuentro en una conversación, en la comida, o en sus postres, suelo dedicar la mayor parte del tiempo a escuchar; tanto es así que con frecuencia, me solicitan tercie, por recordarme en la sala, me temo. No por oír con atención, dejo de preguntarme si será verdad lo que se dice. En mi reflexión me pregunto si será amable lo que se me viene a la cabeza, y de dudarlo, de inmediato lo borro; por último, me gusta creer que lo que pueda decir, quizás llegara a ser necesario. Me gusta esperar, esperar a que todos den su opinión, no sólo por aprender de sus voces, sino por ir al encuentro de alguien que pueda ahorrarme el esfuerzo de terciar. Ya te lo confieso, me da canguelo.

En ocasiones, alguien se percata de mi ausencia, y entonces, estoy apañado, no puedo ya evitarlo. Toca en este momento, abrir la mente y dejar que las palabras surjan, sin tropezones, de un modo relajado. Soy irónico en grado superlativo, pedante, redicho, sentencias… y sin embargo, me gusta mucho el caracoleo de las palabras trenzadas en una mesa.

No es tan difícil llevarse bien con la gente. Un poco de humor, el responder como es debido, con cortesía, ser comprensivo o ser permeable a las críticas constructivas pueden llevarme a buen puerto. Este sábado disfruté de una jornada bendita, en Patones, claro. Las alubias de Carmen, los vinos de las chicas. Hay días preciosos.