Ortocen Clínica del Pie

virginia woolfEl 28 de marzo de 1941, Leonard Woolf (1880-1969) escribió a lápiz con mano temblorosa la palabra «Muerta» en uno de los diarios de bolsillo de su esposa. Horas antes, instantes efímeros en el destino de la vida de ambos, Virginia Woolf (1882-1941) se adentró en el río Ouse con los bolsillos de su abrigo llenos de piedras y se ahogó. Era el final de una larga y dolorosa agonía, provocada por el trastorno bipolar que no le fuera diagnosticado en vida, y que se vio intensificada por el estallido de la Segunda Guerra Mundial y el desmoronamiento de cuantos cimientos personales la escritora británica hubiera luchado por edificar a lo largo de su frágil existencia.

Esos últimos años, el sufrimiento desgarrador de quien siempre tuvo la muerte “a flor de piel” en su imaginación, como aseguró su marido en su autobiografía, “La muerte de Virginia” (Ed. Lumen), vuelven a estar de actualidad después de que la Universidad de Sussex anunciara la pasada semana la compra de ocho dietarios personales de Virginia Woolf, fechados entre 1930 y 1941, por los que la institución británica pagó 73.500 euros en una subasta en Sotheby’s en diciembre. En ellos, la autora de “La señora Dalloway” reflejaba su actividad cotidiana, desde citas amistosas y profesionales a sus pensamientos y sensaciones. Se trata de una valiosa aproximación a la figura de una de las escritoras más importantes y fascinantes del siglo pasado, cuya vida ha hecho correr tantos ríos de tinta como los que ella derramó en cuadernos.

Según Fiona Courage, directora de Colecciones Especiales de la Universidad de Sussex, la adquisición de los diarios es “importante, tanto para la institución como para los estudiosos y amantes de Virginia Woolf”. Courage quiso destacar el hecho de que estos dietarios de bolsillo hayan estado en manos privadas “durante los últimos 30 años, ajenos a la labor investigadora y por fin podemos ponerlos a disposición de aquellos interesados en conocer los detalles de la vida diaria de los últimos años” de la escritora.

Con ellos, la universidad británica, muy cercana a la casa de Leonard y Virginia en Sussex, completa su archivo sobre la autora, integrado por los “Monk House Papers”, un conjunto de documentos que fueron donados a la institución en 1972 y que contiene correspondencia entre Woolf y otros escritores contemporáneos, así como amigos, familiares, admiradores y editores, además de cuadernos de lectura y manuscritos. “Esos documentos representan la vida personal de Virginia Woolf, así como su trabajo como escritora, y la mayoría de los investigadores de su obra han visitado nuestra colección en algún momento”, reconoce Courage. Estos nuevos diarios “cubren un período en el que Woolf pasó mucho tiempo en su casa de Sussex, por lo que su adquisición por parte de una institución con sede en Sussex es aún más pertinente”.

Durante los once años que cubren los ocho dietarios, Virginia Woolf mantuvo una ajetreada vida social, de la que dan cuenta entradas cortas como “A tomar el té con Tom”, aludiendo al poeta T. S. Eliot, además de citas escuetas y opacas como “Vita”, referida a la relación personal que mantuvo con la escritora Vita Sackville West. También es frecuente la aparición de “Morgan”, nombre del novelista E. M. Forster, y de “Charleston”, la casa de su adorada hermana Vanessa Bell.

“Muestran la vida cotidiana de una de las grandes figuras de la literatura británica del siglo XX, representan a la persona bajo el “escritor” y nos ayudan a comprender los aspectos más básicos y triviales de su vida, incluso sus visitas al dentista”, explica Courage. “Revelan las relaciones significativas que tuvo en ese período, los investigadores pueden comprobar con qué frecuencia veía a sus amigos y trazar los cambios que hubo en esa relación en función del número y la naturaleza de las visitas. Algunas semanas son mucho más sociables que otras y ponen de relieve los días más felices y saludables de su vida”. Pero, como advierte Courage, uno de los detalles más llamativos es la presencia, durante semanas enteras, de la palabra “Cama” garabateada en las hojas de los diarios y que representa los periodos más difíciles de su enfermedad.

Periodos que, finalmente, desembocaron en su muerte aquel día de marzo. Leonard había pasado la mañana en el jardín, “convencido de que ella se hallaba en la casa”, como describe en su autobiografía. Pero cuando entró a comer, Virginia no estaba allí y encontró su carta de despedida en la repisa de la chimenea del salón: “Quiero decírtelo, aunque todo el mundo lo sabe. Si alguien hubiera podido salvarme, ése habrías sido tú. Lo he perdido todo salvo la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir echando a perder tu vida de este modo”. Y Leonard se vio obligado a certificar el hecho en el diario de la escritora, como testigo, amante y, sobre todo, compañero de quien estaba “enamorada de la Muerte que todo lo alivia”.

"Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción" (Extraído de Una habitación de uno mismo)