Ortocen Clínica del Pie

el cafe del da a da

Hoy es el día. Me levanto, pues quizás haya algo que hacer, o no lo hay pero recuerdo que la agenda para hoy decía que lo habría.

Anoche no conecté el despertador, no suelo hacerlo, me he despertado cuando el tráfico tras la persiana bajada ha reclamado que despuntaría ahí fuera.

Mis ojos descansan disfrutando de la negrura, los párpados yacen sin percatarse de que toca trabajar, siento los globos moviéndose de lado a lado. La embargadora oscuridad me retiene sobre el enorme y acogedor colchón.

Debe ser pronto y hay ruido, se trata de diario, me percato y salto hacia el baño, me siento y abro el grifo que me inunda con el estruendo de costumbre, mi piel adivina el fresquito, la pastilla me cumple, el escándalo violenta mi pecho, las manos saludan al estigma que agradece aún la caricia enjabonada. Hay que ahorrar, torbellino digital apresta la badana, obstruyo la espita ipso facto.  Seco, me pongo lo que previne anoche, vaqueros y camisa requeteinformal blanca. En el camino añado cartera y reloj, y gafotas para luego.

Café, pan tostado, aceite, tomate en el camino y “allá a su frente… Ortocen”. Mientras cruzo tierras afines aviso a las propias de mi camino, un buenos días necesario para conservar el hilillo del que pende la vida. Al llegar, un café cálido servido por manos amigas me enfrenta al quehacer, visitas pocas, sueños persistentes, costumbres por cumplir, en fin, la rutina. Respondo un par de mensajes de teléfono, atiendo el correo, me llega cariño brasileño con recuerdos y parabems y lembranças que dicen ellos. Un paciente ha fallado, ni tiene excusa ni nos la procura, los demás vienen y los atendemos. Al mediodía descanso y almuerzo, o mejor dicho, me acerco a correr a El Canal durante unos ochenta minutitos, a paso tranquilo, vuelta a la alcachofa, cambio, piecitas de fruta y de vuelta al trabajo, “unos no volvieron, tampoco Manuel…”. Jara, entrada adolescente en mi retina.

La tarde comienza como la mañana, cafecito y charla. Comienzo la diaria espera de una llamada de Alfonso, algo que me consuele, que me ayude a sobrellevar mis sombras, o quizás que ilumine mis días. El que espera desespera, dicen.

Escándalo tras el cristal, cae arena a espuertas y los niños del colegio gritan frente a nuestro escaparate… alarmado salgo y observo, ¡maravilla! Una granizada soberbia blanquea la cuesta y los infantes se cobijan contra mis cristaleras.  Si alguna de mis abuelitas dudaba, ya sé que hoy no las veo.

Un uñita nos engalana la tarde, los coches vuelven a rugir en la calle. Un postrero paciente asoma y se recoge. Se termina el día del día a día, quizás haya otro mañana. Buenas noches amiga.