Ortocen Clínica del Pie

De La Cavada pide perdón pero se reafirma: 4 días por defunción son muchos

El director de Relaciones Laborales de la CEOE, José De La Cavada, ha pedido este martes "muchas disculpas" por si sus palabras sobre el permiso por defunción hirieron sensibilidades. "Lo siento mucho por el que se haya sentido dolido. No era mi intención", ha señalado De La Cavada, quien ha subrayado que sobre ciertos temas existe "hipersensibilidad".

A su llegada a la Asamblea General de la CEOE, el director de Relaciones Laborales de la patronal ha recomendado "a algunos" que se lean el artículo 37 del Estatuto de los Trabajadores para comprobar si hay alguna norma que sea similar a ésta en Europa.

"Hay permisos por intervenciones quirúrgicas que no requieren hospitalización de cuatro días y siempre se duplican por desplazamientos", ha indicado.

De La Cavada ha afirmado que la intención de sus palabras era exponer que las empresas pagan un punto del PIB por bajas y permisos sin licencia. "Y los permisos sin licencia están regulados en España por una legislación histórica", ha añadido.


 LA CRISIS Y EL VALOR DE LOS MAYORES

Por: Manuel Bautista Pérez

 El papel de los mayores, los de la tercera edad, los viejos o como se les quiera llamar, es una de esas cuestiones donde hay que cambiar radicalmente el enfoque político y social. Y esto no va de buenismo ni de solidaridad; es simple inteligencia. La sociedad, el país entero, necesita que este sector de la población se movilice.

El enfoque habitual empieza con las frías cifras: si en el año 2009 los mayores de 65 años eran 7.628.934 y constituían un 16,6% de los residentes en España, el Instituto Nacional de Estadística prevé que para el 2049 esa cifra se duplique hasta llegar a los 15.325.274 y represente el 31,9% de la población. Es decir, la población en España, como en el resto de Europa, es cada vez más longeva. Los economistas alertan por eso de que el pago de las pensiones, al menos en sus magnitudes actuales, se va a poner muy difícil. Hay que tener en cuenta también que, por cada 10 personas en edad no productiva (entre 0 y 19 años y de 65 en adelante), en el año 2009 había otras 17 en edad de trabajar (entre 20 y 64 años) mientras que en el 2049 sólo habrá 9.

La actitud política viene determinada, en gran medida, por estas cifras. De una parte, su atractivo electoral es cada vez mayor y por ello los partidos intentan atraerlos con un mayor gasto público en pensiones, en asistencia sanitaria o en viajes turísticos. Por otra parte, en vista del negro panorama que se nos dibuja de cara al futuro, se sienten obligados a aplicar recortes sucesivos. A ello se une una actitud de fondo, en el conjunto de la sociedad, que dicho sin tapujos considera a los mayores como inútiles a efectos productivos. De ahí a considerarlos inútiles a todos los efectos va un paso. Paso que, casi sin darnos cuenta, damos con frecuencia por la preeminencia que ha adquirido en nuestra sociedad el valor de la productividad económica. Esta valoración no solo es injusta y degradante hacia ellos, sino que es manifiestamente perjudicial para el conjunto de la sociedad.

Llegados a este punto sugiero al lector un cambio de mentalidad: cuando pensamos en los mayores tendemos a meter en un mismo saco tanto a los que están retirados por tener una cierta edad como a aquellos que son incapaces de trabajar. Hay una cierta tendencia a pensar en todos ellos como en el abuelito “gagá”. Sin embargo, muchos de ellos han sido excelentes gestores o profesionales hasta hace poco y, sólo con que quisieran, podrían volver a serlo. ¿Cuántas personas con 70 o, incluso, 80 años, están aún en condiciones de trabajar? Casi todos conocemos varias en nuestro entorno. En total probablemente sean muchos. Pues bien, teniendo en cuenta las perspectivas demográficas y económicas que nos esperan a medio y largo plazo, sería un inmenso error no aprovechar laboralmente a todos los mayores que pudieran, y quisieran, continuar en el sistema productivo. Aunque fuese pasando, tras cumplir la edad de jubilación, a una situación distinta y con fórmulas de trabajo casi a la medida.

Imaginemos que una empresa pudiera contratar a un jubilado con un sueldo menor al del mercado, disminuyendo también en parte su pensión pero permitiéndole que, pese a ello, sus ingresos aumentaran significativamente. Todos saldrían ganando: el jubilado dispondría de más dinero, Hacienda le tendría que pagar menos y la empresa tendría un empleado más barato. Si esta fórmula se legalizara los jubilados podrían contribuir en muchos ámbitos. ¿Cuántas guarderías, colegios o universidades tienen que prescindir de profesores magníficos solo porque les toca jubilarse? Lo mismo sucederá en hospitales, en centros de investigación y en empresas de todo tipo. Por supuesto, habría que buscar la manera de evitar que esto perjudicara excesivamente al conjunto del mercado laboral. Del mismo modo que cuando los expertos quieren proteger a ciertos colectivos sociales primando determinados tipos de contratos.

Obviamente, en un contexto económico recesivo como el que tenemos, con un serio problema de destrucción de puestos de trabajo, cualquier propuesta que tratase de prolongar de algún modo la vida laboral de los mayores sería criticada por sus posibles perjuicios sobre los restantes colectivos laborales. Pero esto sucedería incluso aunque los mayores no cobrasen nada: se les criticaría por competencia “desleal”. Y esa lógica conduce al punto en el que estamos: a obligarles a no hacer nada. Llegamos, pues, al absurdo de tener un país queriendo ganar competitividad como sea y, al mismo tiempo, despreciando un capital ingente de experiencia y de conocimientos, solo porque han rebasado una cierta edad. Pues bien, es un lujo que este país no se puede permitir. Con las políticas económicas vigentes lo único que nos permitiría mantener nuestro Estado de Bienestar es generar empleos para todos los que estén en condiciones de trabajar.

Pero vayamos más allá, porque otro cambio de mentalidad que se requiere es, precisamente, en lo que entendemos por actividades “productivas”. Tendemos a considerar solo como tales las que son retribuidas; las que responden a un contrato, pagan su IRPF, su cuota de la Seguridad Social, etc. Sin embargo, hay muchas otras que son fundamentales para la sociedad y que no atienden a esos criterios. A fin de cuentas una sociedad no puede enfocarse solo a aumentar el PIB y a producir más y más riqueza. También necesita promover el desarrollo intelectual, científico y cultural de sus individuos, su sensibilidad artística, su creatividad, sus relaciones afectivas, su generosidad y todo aquello que contribuya a su crecimiento personal.

Esto, naturalmente, nos concierne a todos, no solo a los mayores. Pero estos pueden contribuir de un modo especial, porque tienen más tiempo, están menos condicionados por el enfoque “productivista” de la sociedad y muchos de ellos siguen aspirando a sentirse socialmente útiles. Con estos mimbres los mayores podrían contribuir decisivamente al desarrollo de eso que denominamos la “sociedad civil”. Es decir, con su experiencia humana y profesional, con su tiempo y con su libertad para dedicarse a lo que quieran, podrían ayudar a crear estructuras sociales dedicadas a impulsar actividades a las que el Estado no llega o de las que se va a ir retirando por falta de medios económicos. Su experiencia sería de gran utilidad para ayudar a otros más jóvenes a aprender un oficio, a buscar un trabajo, a gestionar un proyecto o a crear una empresa; podrían colaborar a poner en marcha experimentos sociales, como otros modelos de educación, de trabajo cooperativo, etc.; podrían ayudar a los inmigrantes a integrarse en nuestra sociedad; podrían contribuir a organizar redes de solidaridad hacia aquellos que el sistema va dejando en la cuneta, etc., etc. Pero no solo eso, muchos de ellos, a partir de su experiencia, podrían ayudar a estructurar grupos y redes de reflexión y acción políticas que, a buen seguro, contribuirían a sanear y dinamizar nuestra democracia.

Conclusión

Si los mayores se movilizaran de verdad, además de los beneficios que podrían aportar a nuestro sistema productivo, tendríamos la gran oportunidad de construir una potente sociedad civil, capaz de llenar muchos de los vacíos que no cubre, ni tiene por qué cubrir nuestro Estado e, incluso, de crear una cultura de autonomía de los ciudadanos frente al propio aparato del Estado que, probablemente, nos haría más libres y "adultos" en el ejercicio de nuestras responsabilidades hacia la sociedad, con la consiguiente mejora y profundización en la calidad de nuestra democracia.

La crisis política europea es consecuencia, en gran parte, de una atrofia en el protagonismo de la sociedad civil y son los mayores, aliados con los jóvenes, quienes están en mejores condiciones para impulsar la reconstrucción de ese protagonismo. Solo falta que se lo crean, que quieran y que se pongan a hacerlo.

Consultamos para ti a la Real Academia Española ©
       Jarcha.- Canción tradicional, muchas veces en romance, con que cerraban las moaxajas los poetas andalusíes árabes o hebreos.
       Moaxaja.- Composición poética medieval, escrita en árabe o hebreo, que termina con una jarcha en mozárabe.
Locución riojana
       Pampurria.- Desagrado