Ortocen Clínica del Pie

JJCalePublicado por Álvaro Alonso 

Hace ni me acuerdo entré una mañana en una peluquería moderna sita en un semisótano de la calle Mejía Lequerica, cerca de Santa Bárbara, no para cortarme el pelo, sino porque me llamó la atención que estuviera sonando J. J. Cale. La peluquera me saludó y me invitó a entrar. Estábamos solos. Sobre una mesa vi una revista que se llamaba El Canto de la Tripulación. Me lavó el pelo mientras sonaba “Magnolia”.

  Tenía una voz suave pero aguardentosa. Y mucha calidez. Luego me cambió de asiento y me cortó el pelo. Siguió sonando J. J. Cale. Le pregunté y me dijo que la relajaba mientras trabajaba y a los clientes les gustaba mucho, aunque no atinaban a acertar de quién se trataba.

 No volví a cortarme el pelo en esa peluquería. Aquello no podía volver a repetirse. Al menos, no de la misma manera.

 J. J. Cale es una mala compañía. Es algo así como Townes Van Zandt, pero peor. Empiezas a escuchar sus grandes discos, que abarcan varias décadas, sobre todo Naturally, Okie, Trobadour, Grasshopper, Shades y Travel-Log como si fuera uno solo. El estilo del tercer gran okie cronológicamente hablando, tras Woody Guthrie y Merle Haggard,  es adorablemente pernicioso. Se acopla a la realidad circundante como un decorado de cartón piedra. Entras en su escenario y ya no puedes salir, como en uno de esos gigantescos hoteles de Las Vegas.

La tela de araña del sonido del de Tulsa te lleva a  dejar de calibrar correctamente el resto de músicos y artistas durante un tiempo. J. J. Cale es vampírico en este sentido. Te atrapa y te mete en su jaula de oro bajo un régimen de esclavitud que puede llegar a ser más prolongado del aconsejable. Creo estar seguro de que más de uno sabe de lo que estoy hablando. Entrar en la discografía de J. J. Cale tiene algo de iniciático.

J. J. Cale se ha ido, por fin podremos liberarnos de su mayestática tiranía. Hasta que algo nos haga volver a escuchar “Carry On”, “Don´t Wait”, “Tijuana”, “You Keep Me Hangin´On”, “Call Me The Breeze”, “After Midnight”, “Magnolia”… Y volvamos a pensar en desempolvar los viejos discos del genio de Tulsa, Oklahoma, y con ello volver a soñar dentro de su “porche sureño de sonido” de cartón piedra. Uno de los más prodigiosos universos artificiales intangibles generados por el hombre en el siglo XX. Se ha ido el diablo vestido de azul.