Ortocen Clínica del Pie

Bolsa de arrozEl sábado era el día de mi prueba.

Había estado tres jornadas a tiempos perdidos recompilando la información para colocar en la web el tema Tsukimi.

En realidad, a medida que exploraba en Google y un par de textos “afines” me iba enganchando el asunto. Eso de unirme a movimientos sociales o culturales “allende los mares”, o establecer vínculos en el aire con comportamientos extraños y distantes, es un asunto que suele interesarme. Sabes que cuelgo cuanto me interesa de lo que obtengo en nuestro entorno de la información. Y así “burla burlando” enfilo historias que tú puedes abrazar o denostar.

Después de bañarme entre los tangentes rayos del crepúsculo, con el calor sobre mi piel pendiente de huida, salimos hacia la Noche de Patones.

Había carteles de excursiones para esta retreta civil empapelando Patones de Abajo. Mi idea era jugar con la Geometría del término de un modo libertario y marginal. Si nos cruzábamos, bien, si los evitábamos… ¡mejor! Cogimos la Senda de Genaro, camino singular de escape hacia el Norte desde Patones, en dirección a la presa del Atazar, por disfrutar como los aristócratas japoneses de siglos atrás, viendo el reflejo de la Luna sobre la inmensa superficie lagunar del pantano, y el condicionado reflejo sobre los márgenes chispeantes que señalarían las minúsculas poblaciones de la orilla. (referencia del post anterior)

La Luna llena era el destino de nuestro paseo, y la Luna llena tardó casi tres horas en aparecer, cierto es que las primeras dos horas del paseo trascurrieron en la zona lóbrega del altozano, la oscuridad impresionaba, sólo las copas de la montaña a nuestra siniestra permitía ver un hilillo de claridad, claridad que querríamos indicase la llegada de la “deseada”, habíamos decidido evitar la ayuda de linternas o frontales. Tenía que haber suficiente luz en el cielo… ¡pero nos faltó una poca!. Por suerte, es un camino que he transitado de día innumerables veces. Karina, en retaguardia, seguía “a pies juntillas”(stricto sensu) mis pisadas, atravesamos el pinarcillo de la falda y, de repente, emergió chillona la Luna; de esta guisa hicimos cima en el Cancho de la Cabeza, el límite geodésico.

(Asia a un lado, al otro Europa… y allá a su frente, Estambul)

La luna, incidiendo casi desde el suelo del horizonte, arrastraba su fuerza entre rocas y árboles, adornando el imperceptible camino. Dirigía yo nuestro pasos casi “de memoria” y avanzábamos. Ahora bien, atravesado el indicador geológico, comenzamos el descenso, y con ello, la tiniebla se adueñó del escenario mientras se acomodaba la confundidora penumbra; mis ojos intentaban buscar el camino en el silencio de la oscuridad, y logramos al fin, hallar el sendero hacia el cómodo cortafuegos, cómodo por estar flanqueado con una línea de pinos indicadora del sendero hacia abajo en la montaraz tiniebla.

Desde aquí, coser y cantar; prosperamos sobre la cresta por un fácil camino y ya, avanzado el collado que se cruza hacia Buitrago, iniciamos el descenso hasta Patones; como puedes suponer, la luz desapareció y volví a las adivinanzas en nuestra progresión… en fin, a las cuatro horas llegábamos al pueblo, mi cabeza cansada, las piernas, mejor.

Del grupo de excursionistas que habríamos de haber encontrado en el camino, pertrechados con sus luminarias y su algarabía fiestera…nada de nada.