Ortocen Clínica del Pie

AjedrezProverbio Italiano

Mi primera lectura de este aforismo me produjo cierta perplejidad. Humilde en la presentación, devastador en su fondo.

Cuando en mi niñez comencé a jugar, lo hice frente a Carmen España, la vecina de descansillo de mi abuela Benita. Yo mataba mis ratos haciendo batallas con las piezas, y ella entendió que podía ilustrar mi cabecita por medio de este juego de estrategia tan antiguo y respetado.

Si estudiamos el adagio lo enfocamos como referido a un juego de ajedrez; que fácil suena la acción de después de tener un gran enfrentamiento entre contrincantes, tomar las piezas y guardarlas. Todas las piezas son del mismo material y solo son piezas, cuando llegan a la caja, ninguna de ellas vale más que otra. El valor de cada pieza se obtiene en su colocación sobre el tablero, donde sí hay jerarquías y reglas. Después de guardarse las piezas al término de un juego, al inicio del próximo enfrentamiento no habrá rencores, ni memorias del juego pasado. Pero al entremeterlo con la vida real, ésta acción de guardar todo en la misma caja, ya no suena tan inocua.

Esta frase es un reflejo de lo que se nos pide en una vida. Para aquellos que creemos y entendemos de "vidas pasadas", comprendemos que hay vida futura o después de la muerte. En este caso es simple explicar esta frase. En esta vida te tocará tal vez luchar y vivir con el título, expectativas, reglas y beneficios de ser el Rey (estar encima de otros y tener más beneficios), pero al final de tu vida, te vas con lo mismo que se va una persona a quien le hubiese tocado ser Peón (aquel que tuvo que vivir en la zona baja, con más dificultades que beneficios). Ambos se llevan sus propias experiencias de haber vivido situaciones y aprendizajes.

El texto que te presento esta vez me recuerda una lectura de obligado cumplimiento del profe de Lengua D. Carmelo en mi adolescencia; eran las Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique; de mi amado maestro aprendí a declamar entonando esta obra, y muchas más que aún atesoro en recónditas esquinas de mi triste memoria.