Ortocen Clínica del Pie

el rastro 1950“La nostalgia es la neuralgia del recuerdo”

Ramón G. De La Serna

Del primer amor, de la juventud, de un viaje irrepetible, la nostalgia es un recuerdo agridulce que puede anclarnos en el pasado pero que si se dosificase, lograría ser positiva.

La tarta de manzana con reinetas picadas que eran las más dulces y baratas, me transporta a la infancia porque recuerda a la que preparaba mi abuela Benita; un grupo de jóvenes sonrientes con mochilas a punto de subirse a un autobús frente al que fuera mi “cole”, evoca la despreocupación y la alegría de la juventud…

A mi parecer, la nostalgia es una mueca feliz de la tristeza; te facilita el recuerdo, el gozo del pasado, pero duele saber que todas esas experiencias ya no volverán. “Por eso es el dolor de la memoria, el dolor de la evocación. Lo perdido parece inolvidable, único e irrepetible. Tienes nostalgia por algo que crees que te hizo feliz, que crees que te hacía estar completo, la invocación de algo perfecto, aunque pretérito”.

Un brochazo de etimología. La palabra nostalgia deriva del griego nostos (regreso) y algia (dolor). Se creó a finales del siglo XVII por el médico suizo Johannes Hofer para describir el estado de ánimo de los soldados que luchaban fuera de su país, y que sentían una “tristeza originada por el deseo de volver a su casa”.

Hay muchos motivos para la nostalgia: la que siente el emigrante por su tierra de origen; la que se anhela por una infancia recordada como maravillosa y libre de problemas; la del vigor y el optimismo de la juventud, cuando todo estaba por hacer; la nostalgia del primer amor, la de una forma de vivir que ya no volverá; la nostalgia por los viejos amigos… Aunque la nostalgia también puede ser colectiva, como la que se siente por el pasado esplendoroso de un país o por los lejanos éxitos de un equipo de fútbol.

Cuando miro por el retrovisor, algunos episodios de antaño parecen perfectos. Este finde anduve entre jaras por caminos y veredas. Inventamos una ruta campestre que uniese Buitrago del Lozoya con Patones. Enrique me dejó en el punto de salida, la calle Real, ­­-volveré aquí para la próxima Sansilvestre, como hiciese hace un año-.

Sigamos: desde allí comencé a caminar junto a una dehesa y bordeando la pared de piedra que lo separa del camino asfaltado, dirección Nordeste hacia Mangirón, hasta tal parte de la vera aún sentía por el hombro izquierdo la cercanía del Lozoya. Siempre que me pongo a caminar solo, me adentro en mis recuerdos, suele ser un rato, que yo propongo largo para que pueda ser intenso en lo recoleto, en lo intimista. Once horas hasta que Aníbal me rescatase de las penumbras a orillas del Lozoya, cincuenta kilómetros después.

Esta melancolía se encuentra en un paraíso que sientes como perdido pero que, en realidad, nunca has tenido. El pasado fue bonito, emocionante y especial, aunque quizás no tanto como me lo presenta la nostalgia; ella me arroja al recuerdo idealizando lo pasado. Así que estamos ante un sentimiento tramposo, porque en realidad, no hay más paraísos que los inventados por nuestra memoria.

Recuerdas un pasado que parece mejor de lo que fue. Al volver la vista atrás, se olvidan los motivos que llevaron a la ruptura con aquella pareja que tanto se echa de menos ahora, no se recuerda que en la infancia no todo es jugar en el recreo y se omite que los buenos tiempos también tuvieron sus espinas. Admito que busco “idealizarlo” por sobrevivir, me resulta más cómodo el “pelillos a la mar” que escudriñar lo pretérito; por otra parte, la nostalgia no entra al detalle de las cosas, más bien se compone de brochazos muy simples que impiden ver el pasado con precisión.

Y no es lo mismo dejarse llevar de vez en cuando por la nostalgia que vivir esclavizado por ella. “El problema irrumpe cuando te anclas en el pasado”. Nadie está libre de sentir nostalgia en alguna ocasión. Pero es muy diferente recordar con añoranza la juventud una tarde lluviosa de domingo que ser infeliz en la vejez porque recuerdas la juventud como el paraíso que no volverá. Es muy diferente echar de menos el pasado de vez en cuando que vivir instalado en él. Por otra parte, las gentes proclives a la nostalgia “suelen tener problemas para adaptarse a su presente”. Además, la pega no sólo es idealizar el pasado, sino, sobre todo, creer que no vamos a encontrar en el futuro nada similar a lo que ahora echamos de menos.

Esta especie de melancolía que impide vivir el presente y encarar el futuro es excesiva porque no nos gusta ni el hoy ni el mañana. La nostalgia es muy atractiva puesto que el pasado tiene una pureza y una candidez que ni el presente ni el futuro poseen. El pasado no crea zozobra. Y el presente y el futuro siempre crean ansiedad; esa podría ser la razón de que aparezca la nostalgia. Se siente mucha añoranza de un amor cuando en el presente se carece de él. Se siente mucha nostalgia de un pasado libre de preocupaciones cuando las actuales aprietan demasiado. El sentimiento nos asalta al rememorar los viajes de juventud cuando ahora la rutina no tiene compasión. La nostalgia excesiva casi siempre aparece cuando el presente es desagradable y el futuro es amenazante. Yo trabajo con personas mayores, en su mayoría. Viven en un entorno muy diferente al de su pasado y tienen enfermedades y problemas que no sufrían cuando eran jóvenes. La nostalgia por la juventud quizá sea una de las más frecuentes e intensas; porque, además, tiene que ver con muchas cosas que se hacen por primera vez: el primer beso, el primer viaje, casarse…

Realmente, ¿qué echamos de menos de nuestro pasado? la nostalgia, más que relacionada con un recuerdo específico, lo está con un estado emocional. No se añora una tarde de la infancia en concreto o la infancia en sí, sino la inocencia y la alegría con la que se vivía de niño. Uno  recuerda las emociones positivas, aunque idealizadas, asociadas a la niñez. Cuanta más energía dedicamos al pasado, menos tenemos para el presente y el futuro. Pero ¿puede la nostalgia aportarnos algo positivo? ¿O se trata simplemente de un inútil paseo por el ayer?; si hipoteca tu presente o tu futuro es negativa, supongo, aunque si te permite encontrar un refugio momentáneo ante las inclemencias del presente, quizás esté siendo útil. Un oasis en el que reponer fuerzas para regresar al ahora con algo más de vigor.
Otro aspecto positivo de la nostalgia es que desempeña un papel importante en nuestra identidad. Nos ayuda a elevar la autoestima. Los recuerdos de un pasado idealizado nos permiten sentir que nuestra identidad es bella y provechosa, que el pasado valió la pena. Y esto es una necesidad psicológica fundamental. Decía Aliosha, un personaje de la novela Los hermanos Karamazov de Dostoievski, que “lo mejor que podemos proporcionar a un niño son recuerdos sagrados de su infancia”.
Quizás no haya que sentirse culpable por dejarse llevar, pero mejor sólo de vez en cuando, por los cantos de sirena de la añoranza. No somos dueños de lo que sentimos. Pero sí de lo que hacemos. Así que, para vacunarse contra la nostalgia excesiva, te sugiero una receta muy clara que he leído en algún lado: “Deja de idealizar el pasado. Si una persona se instala en él, anula tu presente e hipoteca tu futuro. Y además, no todo era perfecto en los viejos tiempos”, te lo demuestran los libros de Historia.

Si acaso no te convencí, vente conmigo a El Rastro un domingo.