Ortocen Clínica del Pie

Achilles de Lycomedes LouvreNo deja de sorprenderme, por más que vuelva a releer la escena. ¿Quién lo diría? Aquel robusto héroe, espejo de guerreros, el más ilustre de los combatientes aqueos, el celerípede (de pies ligeros) Aquiles, se aparta de sus compañeros mirmidones, y solo, a la orilla del mar, solloza y balbuce anhelante de consuelo: 345. “¡Madre! Ya que me pariste de corta vida…”

Estamos ante el primer canto de la epopeya que inaugura la literatura europea, La Ilíada de Homero.

Estremece, sin duda, ver al protagonista acudiendo a un grito tan capital, hoy como ayer, la más original de las palabras aprendidas: madre, o mamá.

A veces podemos sentirnos náufragos aislados; más en tiempos de anonimato autómata, en los que, sin conocernos, obedecemos las reglas del tránsito, las leyes creadas para convivir sin interrelacionarnos. Somos protagonistas en el caos de un instante  protector de sus secretos que nos absuelve o condena; a la vez hacemos ejercicios de exhibición, ansiosos por establecer lazos, aún a costa de renunciar a una intimidad que ambiciona compartirse. No es bueno que el hombre esté solo… y no lo estamos, si bien es cierto que hace tiempo adquirimos esa tóxica mercancía de la individualidad. La paradoja estriba en que para ser quien soy, para alcanzar la identidad que me hace único, he de partir y aceptar mi dependencia. Desde el primer vagido -“madre, mamá”- me reconozco en el otro, en los otros, a los que necesito para poder ser yo. Y en el camino de construcción personal, la referencia imprescindible, el nexo preeminente lo constituyen, para bien, y, a veces también para mal, el hogar y la familia.

Nada muestra de manera más palmaria nuestra condición de animales sociales que el lenguaje. Aunque quizás lo ignoremos, ninguno de los seres humanos habla de igual manera y, sin embargo, ninguno tampoco es capaz de comenzar a articular palabra si no es a través de un complejo adiestramiento, apoyado en el uso comunicativo de quienes nos rodean. De aquí la importancia que adquiere el entorno doméstico, bombardeado tan a menudo por estruendosas estridencias.

No es cuestión baladí: las personas nos hacemos y crecemos hablando. Urge retomar las charlas de sobremesa y permitir que el televisor repose un buen rato, para aprender a escuchar y dialogar en familia. Desconectemos por un momento el móvil para sintonizarnos con quienes tenemos más cerca, con quienes de verdad nos importan, y hablemos a calzón quitado confiando que el interlocutor tenga la misma actitud. Si llegado el momento descubrimos que “no pudo ser”, siempre nos quedará el recuerdo a la ilusión infantil de la Navidad.

362. ¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla, no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.

Feliz año 2014, entremos con buen pie en él.