Ortocen Clínica del Pie

Adolfo SurezHe tenido un finde complejo. El viernes me presenté en la consulta con una extraña cefalea. Esperaba yo que el cafetito de la mañana mejorase mi cabeza, el plan era edulcorarlo y sobreponerme al dolor. En el frigo apareció un mango, de inmediato decidí que a los postres me tomaría la fruta tropical dulce y apetitosa. Dicho y hecho, café y mango. Una delicia para los sentidos, la frutera colombiana había elegido con destreza.

Al cabo de un rato, quizás una hora, mi estómago decidió rechazar el mango, y él “cogió las de Villadiego” por el desagüe. Me encontré mucho mejor; sin embargo, como no acababa de aliviarme, decidimos que me iría al gym un rato antes, a ver si me recomponía. Allí, comencé el entreno a medio gas, algunas babas y esas cosas. Tras la ducha, acabé en Ortocen.

A eso de las seis, de nuevo, arcadas… decidimos que me iba a casa. En el camino, me acerqué al ambulatorio, no tenía hora pero estaba regu. El doctor Wael me atendió de inmediato, en la sala de curas. Me hizo un electro y llamó al Samur, la curva era rara. Igual, el Samur repitió, encontró la curvita de marras, y al hospi.  Me dieron a escoger y elegí el Clínico, allí me conocen… Más pruebas, ingreso en Cardiología (que es su especialidad para mí). El sábado paso despacito, “nada sin urgencia se hace los findes” y ellos querían una prueba de esfuerzo, por ver de dónde salía la curvita de marras; en el ínterin, atisbé un bata blanca de espaldas que me resultó familiar, y acerté; se trataba del doctor Castañón, ¡quien me devolviera la vida hace tres años allí mismo!, huelga decirte la alegría, el júbilo me embargaba; él me interrogó en el pasillo, le relaté el episodio y concluyó “no puede ser de lo mío”, quedamos en vernos tras la prueba de esfuerzo.

En aquel lugar estuve hasta el lunes, se hizo la prueba que resultó negativa. Nada estaba ocurriendo en mi corazón. El doctor Castañón ya había “culpado” del episodio al mango en mi primer entrevista de pasillo, me dijo que esos frutos tropicales a los que no estamos acostumbrados, hacen perrerías en los aparatos digestivos… así “sin anestesia, sin pelos en la lengua y sin atisbo de duda”.

El martes por la tarde me mandaron a paseo, y caminando me fui hasta casa, saludé y agradecí al doctor Wael, que me pillaba en el camino; me presenté ante la trotamundos universal, mi supermami Charito, que en aquel mismo momento llegaba de pasar unos días en Doha, Quatar, visitando la casa de su hijo Adolfo, y en compañía de nuestro hermano Enrique (menos mal, que si no, habría viajado sola).

Llegué a tiempo del café en Ortocen y aquí estoy ahora contándotelo.

Este relato ha sido amargado por el triste fallecimiento del prohombre, el Presidente Suárez. Con su final he recordado el legado de la Transición que él forjó al lado del Rey, y todos; he recordado la unión de la totalidad de los políticos en su despedida. He visto a todos a la debida altura, me enorgullezco de lo que he percibido en la tele. Como casi siempre, sólo uno no ha perdido la oportunidad de quedar mal. Se queda sin mención.

Adolfo Suárez trabajó siempre por el entendimiento y la concordia, pasa a la historia por sumar y unir; otros buscan romper o desunir. Descanse en paz junto a su mujer.

In extremis, el viernes de cuando comencé este relato, me aviaba yo para ir a la tele. Invitaban a Ortocen a salir de nuevo en la cajatonta. No fui. Mi álter ego profesional dio buena cuenta de nuestras cosas. Manolo triunfó, como siempre. Si quieres saber la razón del título de este largo post, es la pregunta que me hacían esta mañana al entrar en el gimnasio, mira el vídeo.


Marujita Daz