Ortocen Clínica del Pie

ascensorSe trata de un lugar pequeño, minúsculo y lleno de espejos por aquello de aumentar el espacio.

Yo creo que es pequeño, quizás me vayas a contradecir con que es “normal”, el asunto alberga espacio reconocido legalmente para cinco personas, que jamás entrarían juntas a no ser que fuese el último lugar por el que escapar de una muerte inminente. En fin, en mi adolescencia subía al Empire State entre la quinta y la 34 oeste; más allá de las vistas infinitas recuerdo el inmenso lugar que eran los ascensores con capacidad para “adocenarnos” un montón de turistas. Es por ello, querido lector que decido que mi ascensor es pequeño.

Estaba hace un rato en él, en uno de los ascensores del “zulo”, la vivienda de la familia que ocupo por la gracia de mi gente desde hace ya más de tres años. Ocurre que nunca antes había habitado un apartamento, salvo un minúsculo tiempo de mi primera vida en Tres Cantos, sea dicho esto en mi descargo. Se me ha venido a la cabeza calva que dedico mucho tiempo de mi vida a trasladarme en ascensor, digamos que alrededor de 24 horas estoy cada año en mi ascensor. Es cierto que apenas coincido con vecinos, por lo que la mayoría de mis “viajes en ascensor” son solitarios, y ello me da para atusarme la cabeza y buscar, sin éxito, alguna virtud en mi avejentada faz, lo cierto es que el forro interno del lugar es de ahumados espejos sin apenas luz. Así que ahí estoy no pocas horas de mi vida, yendo de un sitio a otro, sin apenas sorpresas y sin mucho beneficio; otrosí me enfurece cuando tarda en subir en los días de apretujón. O así me parece a mí.