Ortocen Clínica del Pie

rosa de los vientosDonde te ves, yo me vi. Hace dieciséis años que me falta mi padre y aún no me acostumbro a su ausencia.

Tuve una infancia feliz, era el mayor de cuatro consecutivos. Tenía mi papel, el papel del mayor, el ejemplo, quien ayudaría a mamá siempre que él faltase.

La profesión nos unió. Aprendí de él, pero de inmediato quise ser diferente. Me ahogaba su importancia. Él era un modelo para los podólogos y yo, sólo su hijo.

Gracias a mi manejo del inglés pude ayudarle muchas veces con sus traducciones y ponencias; ello nos enorgullecía a ambos.

Como podólogo tuve mis comienzos a su sombra, pero pronto empezamos a atisbar Manolo y yo, que la “M.I.S” de Luis cojeaba.  Nos metimos en la cirugía abierta y él quedó algo “relegado” entre mis intereses filiares.

Mi matrimonio con una “médica” nos apartó; él pensaba que no era ideal, pues me colocaba “detrás”, veía que en algún momento, las diferencias “escolásticas” medrarían en nuestra relación familiar.

Recuerdo, como si fuera hoy, “Tú sitio es en tu familia, nosotros estaremos siempre en el mismo lugar, no te preocupes y haz tu vida en tu familia.”

Pasó el tiempo, mucho tiempo, siempre se mantuvo la distancia que yo impusiera años atrás por loor de mi felicidad.

Hace dieciséis años y aún le veo cada día.

Esta mañana, surcando entre las jaras de Patones, recordaba mis primeros patines de ruedas, eran unos que tenían correas de cuero ajustables, y ruedas de metal. Recuerdo que los había traído mi padre de algún lugar allende la imaginación, y que eran una escandalera, pero una escandalera que entusiasmaba a todos. ¡No iba yo orgulloso!.

También recuerdo su afán por que la bici siempre estuviese en perfecto estado de revista y que yo, en Villarcayo, acompañase tan ufano a la tía Pepita por el soto.

Los tirachinas de madera con elásticos de cámara de bici, con los que yo alardeaba de puntería y que él nos fabricaba, incansable, al despiste de los palos secos que el abuelo coleccionaba para hacerse bastones.

Y por último, Amonatxo, una vespita de 1950 con sus cables por fuera, su sillín único y un trasportín posterior que re-tapicé para la pasajera… Las piezas salieron de la calle del Gasómetro, en el Rastro, no lo busques, desapareció. Luis hizo que funcionase, en ella estudié A.T.S., con ella me pelé bajando a la universitaria en Invierno.

Hay mucho de mi padre; ya hace dieciséis años, y no me acostumbro.