Ortocen Clínica del Pie

rico con pelasLo intrigante de la vida es la de vueltas que da. Tú caminas a tu paso, intentas hacerte dueño de tus huellas, te gusta creer que seas señor de tus silencios.

Pensaste que tu mundo era, no inmutable, sino predecible, tanto que podrías esbozarlo a tu semejanza.

Lo relatado se parece mucho al mito de Pigmalión, aquel rey de Chipre que tanto tiempo anduvo buscando a la mujer que le acompañase, pero con su condición: debía ser perfecta. El caso es que Pigmalión, frustrado al no encontrar a su beldad, decidió no casarse y dedicar su tiempo a crear esculturas maravillosas que compensasen tal ausencia. Una de tales esculturas fue Galatea, la cual, tan bella, enamoró a Pigmalión. Afrodita consiguió que Pigmalión soñase el cobro de vida de Galatea.

En Las metamorfosis de Ovidio se relata así el mito: “Pigmalión se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablandaba a los rayos del Sol y se dejaba manejar con los dedos, tomando varias figuras y haciéndose más dócil y blanda con el manejo. Al verlo, Pigmalión se llena de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatua ora vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos.

Al despertar, Pigmalión se encontró con Afrodita, quien, conmovida por el deseo del rey, le dijo “mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal”. Y así fue como Galatea se convirtió en humana.

Quizás, quien protagoniza mi  relato, sueña con el hombre perfecto que le saque de la ruindad con la que ha convivido tantos años, el hombre que vaya a resolver sus ansiedades fiduciarias; en las que ella mande y maneje, como siempre codició.

Supongo que se estrellará; el susodicho tocado con su coleta, otrora despreciable, ahora se vuelve ambicionado o deseable pues otorga nuevas comodidades; y de la necesidad cualquiera hace virtud. ¡Veremos cuánto dura la alegría en casa del pobre!

¡Camina, sigue sin mirar atrás, escupe a tu lado… ¡ Que no te coma la basura.