Ortocen Clínica del Pie

MelissaMelissa Pritchard salió de Barcelona para recorrer 26 países durante 14 meses. a su regreso dijo:

"Me hizo reflexionar mucho sobre el primer mundo. ¿Primeros en qué? Sólo somos primeros en necesitar más"

Otea el horizonte con mirada soñadora y feliz, sentada sobre gigantescas rocas carmesíes como pintadas con la sangre de titanes pasados. Por unos instantes, Melissa Pritchard descansa. A su espalda su inseparable compañera de fatigas; la bicicleta, con la que ha recorrido más de 30.000 kilómetros en el último año. A sus pies, como una efigie de indescriptible belleza, se eleva la Curva de la Herradura, meandro de piedra marciana tallado por el río Colorado y sus milenarias aguas, fantástico escultor enloquecido de un paraje de otro mundo. Sólo es otra postal de las muchas a las que Melissa ha dado vida sobre su bici desde que decidió ponerse a volar dando pedaladas. 

Todo empezó en los albores del verano de 2013, cuando, como voces fantasmales que la perturbaban, a Melissa la asaltaron conceptos inquietantes. Rutina y cotidianeidad formaban en su mente una tormenta de preguntas que oprimían su espíritu. Y entre tales elucubraciones decidió que aquello tenía que cambiar. Quería liberarse de las ataduras que a la mayoría nos encadenan tristemente, como en susurros, casi sin darnos cuenta. "Siempre me encuentro haciendo lo que la sociedad me pide, lo que nuestro sistema nos impone" solía decir. Y así, asediada por una crisis existencial, comenzó a preparar una ruta en bicicleta. No iba a ser una senda cualquiera, sino que daría la vuelta al mundo, desde su casa, en Barcelona, hasta sus orígenes, en Eugene, frondosa ciudad en las entrañas de Oregón, cuyo lema es, como un guiño del destino; vuela con tus propias alas. Trabajo, familiares y amigos quedarían atrás por un tiempo. Pero no importó: "tenía que hacer lo que el corazón me pedía". Y así fue. Partió de la Ciudad Condal el 23 de agosto, cargada con más sueños que equipaje. Si todo iba bien, su viaje concluiría 14 meses después, el 14 de octubre, día que cumpliría los 35 años. Pese a sus miedos iniciales, quiso hacerlo en solitario porque a veces, para encontrarse a uno mismo, es mejor estar rodeado de la nada y acompañado por nadie. Y, como ella misma sabía, la realidad de aquel viaje era íntima y personal. No sólo se trataba de pedalear hasta los confines del mundo. "Era una experiencia vital única que no podía someterse a los deseos de otra persona". 

Curva de la herraduraEn la epopeya que fue su travesía por los continentes del mundo, a Melissa le cuesta escoger sus lugares predilectos. Fueron 26 países con sus respectivas odiseas y maravillas, sus curiosas gentes y tradiciones, pero al final, en su recuerdo atesora dos lugares con especial cariño. Uno de ellos es Alaska, paraíso medioambiental esquinado en nuestros mapas. "Allí todo es XXL. Los glaciares, los ríos, las montañas... todo es inmenso. Y está tan aislado que puedes recorrer mil kilómetros sin ver un solo pueblo con un supermercado". Alaska, tan poética y perdida, tan lejos de quemarse con los fuegos del hombre. Eso sí, reconoce que, pese a la pasmosa hermosura de sus paisajes, también fue una experiencia muy dura "porque recorrer parajes absolutamente salvajes, con un frío intenso y durante muchos días no es fácil, aunque una vez lo conseguí me sentí muy realizada". 

El otro lugar que le impactó fue Vietnam. Concretamente, se maravilló con la provincia de Ha Giang, otro mundo perdido entre las montañas del norte, inundado por la más densa naturaleza donde el tiempo se paró hace milenios, cuando la agricultura apenas florecía. "No había coches, sólo gente con sus cosechas". El paisaje, minimalista y primitivo, no la admiró tanto como sus habitantes, ajenos a toda la realidad mundial. Allí la política, la economía o todas las superficiales dicotomías que tanto preocupan a Occidente parecían carecer de importancia. "Los niños, apenas comenzaban a caminar, empujaban los carros de grano con sus padres. Algunas mujeres, embarazadas de varios meses, limpiaban el arroz y recogían legumbres y verduras". Y aún así, recalca, "nunca vi a un niño llorar o a una mujer quejarse. Con lo que tenían eran felices. Con ayudar a la familia estaban contentos y en eso se basa su sociedad". Aquellas lejanas tierras dejaron una huella muy honda en su interior. "Me hizo reflexionar mucho sobre nuestro denominado primer mundo. ¿Primeros, en qué? Sólo somos los primeros en necesitar más". Para Melissa, aquellos a los que llamamos tercer-mundistas, "viven en armonía con la naturaleza y utilizan los recursos que necesitan para sobrevivir". Valores que el capitalismo se ha llevado por delante en aras del progreso. 

La Melissa que partió desde Barcelona ya no es la misma. La grandeza de su viaje la ha cambiado para siempre. Gente de todas las culturas, religiones y países la han tratado con hospitalidad. Le pusieron comida en la mesa pese a las dificultades por las que pasaban. Le dieron una cama en la que dormir sin pedir nada a cambio. Compartieron sus filosofías y pensamientos más profundos sin prejuicios, con respeto y confianza. Y eso es lo que guarda para siempre en su corazón. Como dijo hace más de un siglo Henry David Thoreau "la mayoría de los lujos y muchas de las llamadas comodidades de la vida no sólo no son indispensables, sino que resultan un obstáculo evidente para la elevación espiritual de la humanidad".

Melissa