Ortocen Clínica del Pie

nieve en madridUno cree que desarrolla su función en esta vida con alguna honestidad. Evolucionas, haces y deshaces, y con el tiempo encuentras, allí al fondo del camino, el resultado de tu esfuerzo. Te enseñaron a compartir desde la litera, entre los hermanos, en la academia preescolar del patio de casa, rodeado de los vecinitos, desde aquellos pupitres con cuadernos de caligrafía, lápiz y sacapuntas. Los papáste habían enviado al cole, en pro de la educación que pudieron elegirte, entre humilde y humilde.

Hace un frio pelón, el Invierno azota mis minúsculas orejillas cuando cruzo La Castellana. Dos o cuatro veces al día mi vista acaricia la fachada del colegio que me tuvo catorce años enfrascado en aprender el camino.

En las postrimerías de mi vida laboral, aún alcanzo a estimar mi paso por la Tierra.  Me siento feliz, tranquilo; quizás más tranquilo que feliz. Quedan algunos asuntos por tratar, pero puedo permitirme desglosarlos sin prisa, con pausas que raciono a mi albedrío y con la cordialidad que siento hacia mí mismo.

Me encuentro en alguna situación novedosa, ocurre que voy exigiéndome menos y menos, he llegado a aprender que no preciso correr más, que lo que alcance será bienvenido; pero la ansiedad por recoger, por construir, por compartir, puede ya entrar a formar parte de lo atávico. Aquella vorágine que me empujara durante años, se remansa, y este sosiego me acompaña con suavidad.

Quisiera empezar a disfrutar del sonido de la hoja cayendo, poder confirmar que las cuentas están ya llegando al final, que las deudas van resolviéndose y si puedo centrarme en mí mismo.

!Muchas veces bendigo al ser humano¡, también suspiro celoso, con sinceridad, por quienes hacen con sus manos bellezas lejanas. Esa capacidad del hombre por crear beldad, ese esfuerzo por superase que algunos atesoran y del que voy “curándome” con los tiempos en aras de la tranquilidad.

Así que me recuesto en mi sofá, repaso alegre las notas de las niñas, y miro al frente, sin volver la espalda.