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Corriendo por la vida

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Los corredores acarrean un sin vivir con el dolor. Es una extraña relación de amor y odio. Por una parte lo cortejan, lo cobijan, fanfarronean sobre lo bien que se tratan con él. Al mismo tiempo, temen al dolor, se empequeñecen en su presencia y se toman a mal los límites que pone en su carrera.

Un atleta puede explicar esta peculiaridad diciendo que él ve al dolor de dos maneras. El dolor bueno es normal, un resultado temporal del esfuerzo; es un placentero dolor posterior al trabajo duro y bien hecho. El dolor malo es el que dura lo suficiente para interferir en la carrera; sólo cuando le ralentiza o para, un corredor estará admitiendo estar lesionándose.

Los practicantes del atletismo siempre han sido, y quizás lo sean siempre, asiduos de la lesión. Algunos estudios sugieren que dos de cada tres atletas sufren lesiones con periodicidad anual. Esto ocurre porque el correr es lo que es, y los corredores somos como somos. El deporte atrae a los “buscalímites”, y los anima a alcanzar sus “máximos”.

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